miércoles, 17 de julio de 2013

"Las Zafras Azucareras"

Acá les transcribo una carta que salió el Domingo 07/07 en el diario La Gaceta, en la sección "Carta de Lectores"

 Tucumán es azúcar, industria madre, reiteradas frases que cobran actualidad toda vez que se inicia la zafra de la dulce caña de azúcar, que habría sido introducida en estas comarcas por los jesuitas. Debido a la producción azucarera y a sus múltiples y colaterales actividades, Tucumán se llegó a posesionar como el centro potencial del NOA. Por el Este tucumano ingresaban los zafreros santiagueños; muchos de estos se arraigaron en esta zona. Se podría calcular que el 60% de la población del territorio señalado tuvo sus raíces en la vecina provincia. Claro está que no vinieron solos; trajeron consigo su fisonomía, sus costumbres y su particular lengua impregnada de quichuismos, que las posteriores generaciones locales las adoptaron como propias. Los zafreros aquellos, a poco de llegar, se instalaban en los ahora desechados campamentos de maloja, frescos en verano y calientes en invierno. El patrón o contratista rápidamente los cobijaba y les proveía de machetes "Dos mochas" y cuchillos del "14" marca "Perrito" (de ahí surge "no me metas el perro"), junto a la provisión del vale para la proveeduría del almacén y la ficha para el abasto de carne, hasta tanto surgiera la primera liquidación de las toneladas de caña pelada y fleteada. Eran zafras generosas, donde trabajaban hombres y mujeres, grandes y chicos, que desafiaban las escarchas que cubrían los campos de años heladores. El canto de los gallos al "alba grande" era el puntual despertador diario. A su vez los carros troperos eran los encargados de transportar, carrada a carrada, las cargas de caña hasta los cargaderos, donde los aguardaba el malacatero y el balancero. De allí proviene aquello de "no metas la mula" (la mula "tronquera", al pisar la tarima de la balanza, alteraba el peso de la carga). Mientras que el capataz de cuadrilla, siempre montado en su mula forzuda, era el encargado de ordenar al carrero puntero del toque de clarín, avisando cuando desembocaba en una huella estrecha, y de cuartear (auxiliar) algún carro que se atracaba en una hondonada o se quedaba en un repecho. En esas épocas los diarios publicaban a menudo en la página policial: "Sufrió el ataque con un cuchillo tipo cañero, de regulares dimensiones por cuestiones del momento". Tampoco faltaban las "buyas" que corrían de colonia en colonia, de que un zafrero "puntiao" (medio ebrio) había luchado con el "familiar" y que se salvó gracias a que se defendió con su puñal con cabo en cruz, que atemorizaba al mismo diablo. Pocas cosas deben ser tan novelescas como lo fueron las zafras azucareras del pasado. 

Ysmael Díaz 

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